LA PINTADA

Llanto por una ausencia. Cuando falta lo que se ama

El resto de la hoja matizaba colores del amarillo al ocre. (Foto: J.A.D.)
El resto de la hoja matizaba colores del amarillo al ocre. (Foto: J.A.D.)
Aquella hoja terminaba sus días en la grisura de formas hexagonales de la acera. Vuelta boca arriba dejaba ver por su lado derecho un desleído pulmoncito verde. Un hilo de oxígeno.

El resto de la hoja matizaba colores del amarillo al ocre. Su borde izquierdo estaba ya carbonizado por días de mucho sol y ninguna agua. Iba a tomarla conmigo, a ponerle nombre, a cuidarla en casa.

Pero cuando es demasiado tarde hay cosas que es mejor dejarlas ir con paz. No se reza por las hojas muertas, pero pueden tener un poema que sea su apropiada plegaria: Hoja que te vas/te quedas en la pupila./Vives para jamás/a los olvidos unida./ Allí  serás amada/con quien tus aromas respira.

Y de olvidos iba la tarde de otoño. En la Avenida de la Palmera, junto a mi hoja, escrito con el negro spray de una denuncia, la mano aleve había clamado “AQUI HABIA UN ARBOL” (sic).

Sobre el texto un flecha apuntaba directa al corazón del tocón de un mínimo árbol. No hay más: texto, flecha y tocón. ¿o sí?

En la hondura, lo escribiese un ecologista militante, un vecino oteador de sombras o un joven del cercano instituto Fernando Herrera que había grabado en el tronco las iniciales de su primer amor, lo cierto es que ahí se leía un epitafio, un llanto por una ausencia. Podría haber escrito “aquí yacen los restos de mi árbol”, pero prefirió gemir la ausencia más que la existencia de lo que queda.

El primero como justiciero verde de la Naturaleza añora el oxígeno que ese árbol proyectaba por las noches a un cielo con su protectora capa de ozono. El segundo, acaso un jubilado, echa de menos el lugar de sombra para el descanso en el paseo.

Pero el joven tiene la honda herida de la ausencia de las letras amadas. “Abjura tu nombre; o, si no quieres esto, jura solamente amarme y ceso de ser una Capuleto”, diría Julieta Romeo Montesco. Las letras iniciales, el nombre completo, el apelativo cariñoso no son la persona amada, pero la hacen casi tangible a la imaginación. Todo amor lleva un nombre. Y el nombre trae al amor.

“Aquí había un árbol” también quiere decir aquí había naturaleza, descanso. Aquí había cariño. Y luz, futuro, esperanza, lágrimas risas y vida.

Echar de menos el objeto de un gran ideal o la salud mínima es un peso grande. Echar en falta a quien primero se amó es insufrible en grado extremo. No quiero pensar que nuestro estudiante de instituto, además de perder el nombre sobre la piel del árbol, haya perdido a la niña de su canto, porque entonces la pintada es un canto al dolor insufrible.

Si así fuera, el negro texto- «aquí había un árbol»- es el grito desgarrado, el llanto por la ausencia más difícil de llevar. Sin ella se va la vida, no hay día, todo se hace noche. Y quema hasta el aire de este otoño.

El tiempo cura pero, mientras, los días de la ausencia son largos como la sombra que nuestro árbol al atardecer estiraba hacia el este, lejos de la Avenida de la Palmera hacia el último rincón de la casa cercana.

Ahora, ya en la mía, a mí me falta la hoja: iba a tomarla conmigo, a ponerle nombre, a cuidarla en casa. Mejor no, pues él – ella – saben que no hay poema que supla la plegaria.

Idea fuente: una pintada en el suelo de la acera de la Avenida de la Palmera (Sevilla).

Música que escucho: Amor PrimeroPatxi Andion y Mocedades (2005)

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