OTRA GRAN OBRA

Maestría de Michael Haneke con Isabelle Huppert en Happy End

Haneke, siempre espléndido y con una elegante puesta en escena desmenuza fríamente a una familia de la alta burguesía francesa con Jean-Louis Trintignant y Mathieu Kassovitz en el reaprto.
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Cinco años de espera desde su último film Amour con el que consiguió El Oscar, la Palma de Oro, el Globo de Oro, el Cesar... y que logró recuperar a Jean Louis Trintignant, retirado del cine desde 2003, y con el que vuelve a colaborar en esta película ya que según él considera a Haneke el mejor director vivo del mundo.

Una muerte, una agresión física, una infidelidad, un accidente laboral, dos intentos de suicidio, varias confesiones terribles... así podría resumirse Happy End,  una cinta que funciona como compendio de compendio de toda la filmografía de Michael Haneke y al mismo tiempo se convierte en una autoparodia de su estilo. 

Más allá de los evidentes lazos argumentales que unen a Happy End con el resto de su obra, spin offs incluidos, aparece en el último film del director austriaco una pequeña summa de sus tesis narrativas en estos 30 años de carrera, una obsesión por la puesta en escena con planos subjetivos, lentes de móvil...

Así, presenta a familia acomodada de la alta burguesía francesa de Georges Laurent (Trintignant) octogenario que va sucumbiendo a la demencia senil en su mansión palaciega de Calais, corazón de una jungla de emigrantes, con su hija adicta al trabajo que se ha hecho cargo del negocio de construcción familiar. Divorciada y estirada, Anne (Huppert) tiene que manejar el impacto de un accidente laboral desastroso causado por la descuidada negligencia de su hijo Pierre.

Menos provocativa y cruel que sus anteriores películas y analizando también el tema de la eutanasia, hace un minucioso detalle de cada personaje de la familia en el que el egoísmo, la avaricia y la manipulación están muy latentes pero sin llegar a incomodar al espectador con esos comportamientos sociópatas tan característicos en su filmografía.
 
Haneke vuelve a centrar su discurso en la crítica hacia esa burguesía ajena al dolor de los demás que tanto le gusta retratar. Su desdén por las nuevas tecnologías también está presente, solo que en este caso sustituye la televisión por móviles y ordenadores y se preocupa por el poder nocivo que tienen aplicaciones como Snapchat o Youtube.

Hay escenas memorables en ésta película de personajes sombríos, impecablemente interpretados por Isabelle Huppert, Jean-Louis Trintignant y Mathieu Kassovitz sobre la fatalidad de una existencia. 

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