EN PLENITUD

Tiger Woods (-8) brilla palpitante en el Valspar Championship

Este sábado, el color de los anhelos era el rosa flúor, el del polo de Tiger Woods. (Foto: @PGATour)
Este sábado, el color de los anhelos era el rosa flúor, el del polo de Tiger Woods. (Foto: @PGATour)
Renacer. Volver vivir. Volver a jugar. Sufrir, sí. Y, más que nada, sonreír porque al final uno siente cierta suerte de resurrección. Tiger Woods ha regresado ya en forma de Tiger Woods.
Esta temporada le vimos tres veces, pero no era Tiger. No pasó el corte en Genesis Open. Fue 23º en el Farmers Insurance y 12º en el Honda Classic a final de febrero.
Fue nº 1 del Mundo y ahora andaba por el 388º. En su carrera ha ganado 79 veces en el PGA Tour y 26 veces en otros torneos. Su mejor año fue el 2000 con 9 victorias en PGA Tour.

Y después vino esa especie de muerte deportiva. O mediática si prefieren, pues eran líderes de opinión quienes le daban por deportivamente amortizado desde que entró en panne. Todo empezó por entonces, cuando explotó su vida familiar. Luego las lesiones de espalda. Y las operaciones.

Últimamente los intentos fallidos de volver a la competición. 2013 termina en cifras gafes. Desde ese año no gana nada. Cuatro años sin respiración. Cuatro años con sólo un top 10 que no alentaba sino que se oía como canto del cisne. Cisne negro para años oscuros.

De nuevo, ya mismo, ahora, la luz. Valspar Resurrection. Eso está siendo el juego de Tiger Woods en Palm Harbour. No será el Tiger del 2000. O sí. Pero se escucha su respiración. Sonríe un poco. Después de embocar, ya aprieta el puño. No mucho; sólo con la fuerza con la que un niño pequeño aprieta en su palma el dedo de su madre. No hay gestos estridentes. No da saltos.

Cuando uno está volviendo a la vida no da saltos. Abre un poco los ojos, pestañea y mira asombrado, como saliendo de un sueño malo a una realidad vibrante. ¿Estoy vivo? La vida late dentro, pero el alma no quiere acabar de creérselo.

¡Tantas veces antes hubo de chocar con la mortal realidad!
Así vi a Tiger Woods durante los primeros hoyos del tercer día del Valspar. Ya había puesto su concentración y en el hoyo 9 vimos un destello de la estrella: un chip, un golpecito de arte, temple y puntería para hacer un birdie de los clásicos.

El campo de Innisbrook Resort estalló  de júbilo al intuir, más que ver, que aquello iba en serio. Sí: hay más fe en su público que en Tiger Woods. O al menos más esperanzas y, desde luego, mayores anhelos.

El color de la esperanza es el verde, Pero el sábado en Innisbrook el color de los anhelos era el rosa flúor, el del polo de Tiger Woods. En los toros, lo aficionados sienten el pellizco cuando el maestro ha regresado y se ve desde los primeros lances con el capote que cuajará una gran faena.

En el golf no hay pellizco, pero los entendidos, los que lo han seguido durante los años de esplendor, sienten mariposas en el estómago. Es volver a ver a aquella persona que se quiso tanto y se dio por desaparecida.

Lo vericuetos de la vida se han equivocado. Estaba ahí, no muerto sino generando sueños. Y el cielo del golf amanece en rosa neón a expensas de lo que ocurra el domingo. Pero esperen lo mejor, porque viene lo mejor. No es un tigre cazado cuya piel pueda pisarse en el suelo de una estancia.

Si Eldrick Woods tiene por sobrenombre Tiger es por un soldado vietnamita amigo de su padre de cuando la guerra de Vietnam.

No es un felino. Tiger este marzo de 2018 es un soldado en la incruenta guerra del acierto, de la lucha contra la gravedad, los nervios y la recuperación plena de la habilidad. De momento, con un acumulado de -8,  a falta de un día iba segundo empatado a un golpe del líder, el canadiense Corey Conners.

Nosotros los que vemos, los que seguimos la trayectoria de este y otros atletas del golf sólo podemos permanecer atentos. La vida sigue. Y a veces vuelve.

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